jueves, 25 de septiembre de 2014

Que estoy muriendo por ti y no tengo cojones de cortarme las venas.

He vuelto a despertar de golpe, con una amarga sensación en el pecho izquierdo, como si me faltase algo, una inmensa sensación de vacío recorre mi cuerpo en forma de escalofrío, como si algo malo fuese a pasar, como un mal presentimiento, como si la vida me estuviese gritando en silencio algo que no soy capaz de entender. Aun sobresaltada por la forma de despertar y con los restos del corazón acelerados miro a mi derecha;  no estás, y sigue mi pesadilla, te busco en cada rincón de la que fue nuestra habitación y hoy solo son cuatro paredes; no estás. Ya ni siquiera tu sombra se acuesta en mi cama, la sabana ya no conserva tu olor, intento buscar tus huellas sobre el edredón y una vez más: Nada. Incluso las paredes se han vuelto más tristes desde entonces, ya no entra tanta luz por la ventana, hasta el más pequeño rincón te echa de menos, y tengo frío y tampoco sería justo echarle la culpa de eso al otoño, no es un frío de  manta, es el frío que has dejado dentro de mi.Miro alrededor y el silencio me grita tu nombre, un silencio ensordecedor, un silencio suicida, un silencio que solo tu voz puede remediar. Una noche más de cenicero lleno y vida vacía, de abrir una cerveza y otra y otra y otra para ver si te encuentro en alguna de ellas. Una noche más de terminar borracha y con  20 colillas en mi cuerpo, una forma de suicidarme poco a poco, casi sin que se note que estoy muriendo por ti y no tengo cojones de cortarme las venas. 
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